En
mi familia es sabido que, a menudo, hago oídos sordos. Me pierdo en cualquier
lugar o a media conversación, quedo absorto ante vaya a saber qué cosas que me
dan vueltas por la cabeza, la vista perdida, la cara idiota mirando al vacío.
Es fácil reconocerlo, inclino la cabeza hacia delante y levanto levemente las
cejas. El hecho no presenta mayor interés. Está ahí, simplemente. Llega
inadvertido y en ocasiones de forma inoportuna, obligando a amigos y familiares
a repetir impacientemente algún hilo de la conversación del cual no tengo
conciencia. Este fenómeno es involuntario y no repara en el interlocutor o el
tema de conversación. No se trata de esos momentos en que uno echa a volar la
imaginación, sino de un repentino juego de asociación de ideas, nombres,
lugares, personas, que no parece tener final y del cual sólo salgo gracias a la
iteración de mi nombre, al cambio de tono en la conversación o al sopapo
milagroso de una mano alada. Entre las virtudes del hecho se cuenta el que, en
más de una ocasión, haya conseguido alejarme de un sinfín de charlatanerías y
pláticas del todo carentes de interés para mí, una suerte de mediana hipnosis
contra el aburrimiento.
Como dije, el hecho no presentaría
mayor interés a no ser que tuviera, previsiblemente, su diametral opuesto. Hay
un momento recurrente en que todo empeño por abstraerme de lo que me rodea
fracasa y mi atención se desvía irremisiblemente hacia cualquier murmullo del entorno.
Toda conversación, sin importar lo banal o fútil, atrae mi atención de forma
extraordinaria y da paso a imaginaciones, escenarios y situaciones que
obstruyen permanentemente mi intento de concentración. Estos pensamientos,
contrario a los otros, son plenamente conscientes, sé por qué están ahí y sé a
dónde se dirigen, no tienen el carácter de ensoñación de los primeros, en los
que mi conciencia no forma parte del juego. Este momento ocurre cuando me
dispongo a leer. La hoja abierta, el peso del libro sobre mis manos, entonces
cada parte de mi entorno se vuelve nítida y exige de mí la mayor de las
atenciones. Para salvar el obstáculo es necesario que encuentre un punto de
equilibrio en el ambiente, uno donde cualquier conversación me sea
imperceptible y donde nada extraordinario interrumpa el monótono paso del
tiempo.
Mi capacidad para abstraerme
involuntariamente de una conversación y mi batalla constante por abstraerme de
todo para disponerme a la lectura me ha hecho pensar que, quizá, la realidad tenga
dos caras, una formada por mis relaciones cotidianas con el mundo, que es
ampliamente superada por su sueño o ensoñación, el cual se impone en la medida
en que el mundo se vuelve inhabitable para mí; y otra formada por la dureza y
materialidad de las cosas, que se manifiesta con toda su fuerza en el momento en
que, con mayor claridad, intento evitarla. Quizá es la monotonía de la realidad
la que me permite abstraerme de un momento a otro, y es la necesidad de la
ficción lo único que me ata al mundo. Puesto de otra manera, quizá el mundo
desaparecería en un mar de asociaciones repentinas si no fuera por el dolor y
el aburrimiento de mis días o quizá es la ficción lo que sostiene al mundo y
permite que éste se manifieste en toda su repentina abundancia.
Se recomienda: En la pausa, Diego Meret: http://www.mansalva.com.ar/seccion_libros/31.php
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