Abierta la palabra por el centro
Derrama una crisálida de aurora,
Un torvo miligramo que la mora,
El nudo del temblor, el epicentro.
Del tiempo permanece equidistante
En todas direcciones. Nunca cambia.
Deforma el nombre abierto que intercambia,
Tarántula, ámbar gris del navegante.
Herida la palabra se debate
Entre la piedra libre y la certeza.
Repara letra a letra la corteza
Y borra toda huella del combate.
El nombre es otra vez, ningún tesoro
Se alcanza a columbrar, eco sonoro.
jueves, 11 de septiembre de 2014
viernes, 29 de agosto de 2014
El curso de los tiempos se repite
El curso de los tiempos se repite
Sin alboroto ni parafernalia,
Un estribillo enfermo de ecolalia
Que boga por el mar sin escondite.
El verso que lo nombra es todo verso.
Cada palabra en él toda palabra.
La mano inmaculada que lo labra
Es una mano más, un universo.
¿Dónde comienza el nombre? ¿Dónde acaba
la inabarcable iteración del tiempo?
Lo que hoy está también ayer estaba,
Su nombre es del azar, un contratiempo
En una interminable partitura
Que acaba donde inicia, es escritura.
Sin alboroto ni parafernalia,
Un estribillo enfermo de ecolalia
Que boga por el mar sin escondite.
El verso que lo nombra es todo verso.
Cada palabra en él toda palabra.
La mano inmaculada que lo labra
Es una mano más, un universo.
¿Dónde comienza el nombre? ¿Dónde acaba
la inabarcable iteración del tiempo?
Lo que hoy está también ayer estaba,
Su nombre es del azar, un contratiempo
En una interminable partitura
Que acaba donde inicia, es escritura.
martes, 7 de enero de 2014
Lo que hablan los pájaros
En 1929 Alfonso
Reyes publicó, en el único número de la revista argentina Libra, un texto titulado «Las
Jitanjáforas». Reyes tomó la palabra de un verso del poeta cubano Mariano
Brull. La extravagante sonoridad y el rico perfume del término habían seducido
a tal punto al regiomontano universal que éste se vio empujado a hablar sobre aquella «flor
verbal» que asomaba en los Poemas en menguante. Del poema en
cuestión,
Por el verde, verde
verdehalago húmedo
extiéndome. —Extiéndete.
Reyes escribió:
«Ciertamente que este poema no se dirige a la razón, sino más bien a la
sensación y a la fantasía. Las palabras no buscan aquí un fin útil. Juegan
solas, casi». Así pasan, alocadas, jugando entre impulsos rítmicos y corrientes
de aire, pequeñas reminiscencias creadoras, palabras que nombran atisbos
alados, seres posibles que el juego de letras intuye y alcanza a rozar con
gracias pueriles.
Creación
creadora, la libertad del lenguaje para unir y romper a placer lo que no ha
sido todavía nombrado, dio a Reyes la excusa para hablar de ese «vaho de
realidad posible» que remonta cualquier forma, mutación o chasquido de la
lengua. Hablando entonces ya de jitanjáforas —debe insertarse aquí la anécdota
de las hijas de Brull recitando el poema:
Filiflama
alabe cundre
ala
alalúnea alífera
alveolea
jitanjáfora
liris
salumba salífera
Reyes comenzó a
recolectar un muestrario de tropiezos verbales, «ruidos y pausas»,
alumbramientos y repentinos chispazos que aquí y allá habían sido cultivados
por colegas y coleccionistas de rarezas fonéticas.
«Todos, a sabiendas o no, llevamos una jitanjáfora escondida como
alondra en el pecho», escribió Reyes, quien dedicó entonces sus esfuerzos a
clasificar y recomponer el mapa de la tierra de las jitanjáforas. En él se
pueden encontrar las infantiles jitanjáforas de cuna, los gritos de guerra, los
ensalmos y conjuros, y el más bello género de jitanjáfora candorosa: lo que
hablan los pájaros.
Siguiendo el esfuerzo de Reyes, muchos escritores, haciendo caso
omiso a las invenciones y sus leyes, se dedicaron a desempolvar textos y
gramáticas para dar cimientos a una tradición que hizo fortuna con el nombre.
De William Blake a Lewis Caroll, de las voces populares a Los cigarrales de Toledo,
poetas y anti-poetas se empeñaron en verificar que «muchas peligrosas novedades
se descubren en los viejos libros».
La
fiebre de las jitanjáforas, vuelta a surgir entonces como una enfermedad
incontrolable, mutó y se extendió por estas tierras tan proclives a las
epidemias por su mala nutrición y la grande explotación de su fuerza de
trabajo. A esta excepcional enfermedad sucumbieron algunas de las mayores
promesas de nuestra literatura. Basten, como ejemplo, Vicente Huidobro, quien
cayó inexplicablemente de su paracaídas una mañana mientras cazaba golondrinas;
Julio Cortázar, que hablando en lenguas fue sepultado entre cronopios; y
Haroldo de Campos, quien perdió la razón cuando atravesaba un campo de
crisantiempos y galaxias. Poco antes de ceder a la enfermedad, en una carta fechada
en 1967, Cortázar escribió a Haroldo de Campos: «Me parece admirable que en el
Brasil se viva tan intensamente una gran tentativa de incendiar el mundo de
otra manera que como quisieran incendiarlo los amos de la Bomba. Estoy con
ustedes, quiero ser como ustedes». Años después, paulatinamente, nuestra lengua
ha comenzado a superar el trauma de la epidemia.
jueves, 14 de febrero de 2013
Soneto para un libro imaginario
El libro imaginario no conoce
Los ojos del lector ni la derrota
Del verso que no alcanza a pronunciarse
Y llora imaginando que florece.
El libro imaginario no contesta
Preguntas que el lector cuando imagina
Arranca de la página ni miente
Si llora imaginando que florece.
Debajo de la puerta se desliza
El libro imaginario sin palabras
No tiene miramientos si te toca
No sabe responder a la pregunta
Del verso que no alcanza a pronunciarse
Aun si de tu nombre se alimenta.
jueves, 3 de enero de 2013
Oídos sordos
En
mi familia es sabido que, a menudo, hago oídos sordos. Me pierdo en cualquier
lugar o a media conversación, quedo absorto ante vaya a saber qué cosas que me
dan vueltas por la cabeza, la vista perdida, la cara idiota mirando al vacío.
Es fácil reconocerlo, inclino la cabeza hacia delante y levanto levemente las
cejas. El hecho no presenta mayor interés. Está ahí, simplemente. Llega
inadvertido y en ocasiones de forma inoportuna, obligando a amigos y familiares
a repetir impacientemente algún hilo de la conversación del cual no tengo
conciencia. Este fenómeno es involuntario y no repara en el interlocutor o el
tema de conversación. No se trata de esos momentos en que uno echa a volar la
imaginación, sino de un repentino juego de asociación de ideas, nombres,
lugares, personas, que no parece tener final y del cual sólo salgo gracias a la
iteración de mi nombre, al cambio de tono en la conversación o al sopapo
milagroso de una mano alada. Entre las virtudes del hecho se cuenta el que, en
más de una ocasión, haya conseguido alejarme de un sinfín de charlatanerías y
pláticas del todo carentes de interés para mí, una suerte de mediana hipnosis
contra el aburrimiento.
Como dije, el hecho no presentaría
mayor interés a no ser que tuviera, previsiblemente, su diametral opuesto. Hay
un momento recurrente en que todo empeño por abstraerme de lo que me rodea
fracasa y mi atención se desvía irremisiblemente hacia cualquier murmullo del entorno.
Toda conversación, sin importar lo banal o fútil, atrae mi atención de forma
extraordinaria y da paso a imaginaciones, escenarios y situaciones que
obstruyen permanentemente mi intento de concentración. Estos pensamientos,
contrario a los otros, son plenamente conscientes, sé por qué están ahí y sé a
dónde se dirigen, no tienen el carácter de ensoñación de los primeros, en los
que mi conciencia no forma parte del juego. Este momento ocurre cuando me
dispongo a leer. La hoja abierta, el peso del libro sobre mis manos, entonces
cada parte de mi entorno se vuelve nítida y exige de mí la mayor de las
atenciones. Para salvar el obstáculo es necesario que encuentre un punto de
equilibrio en el ambiente, uno donde cualquier conversación me sea
imperceptible y donde nada extraordinario interrumpa el monótono paso del
tiempo.
Mi capacidad para abstraerme
involuntariamente de una conversación y mi batalla constante por abstraerme de
todo para disponerme a la lectura me ha hecho pensar que, quizá, la realidad tenga
dos caras, una formada por mis relaciones cotidianas con el mundo, que es
ampliamente superada por su sueño o ensoñación, el cual se impone en la medida
en que el mundo se vuelve inhabitable para mí; y otra formada por la dureza y
materialidad de las cosas, que se manifiesta con toda su fuerza en el momento en
que, con mayor claridad, intento evitarla. Quizá es la monotonía de la realidad
la que me permite abstraerme de un momento a otro, y es la necesidad de la
ficción lo único que me ata al mundo. Puesto de otra manera, quizá el mundo
desaparecería en un mar de asociaciones repentinas si no fuera por el dolor y
el aburrimiento de mis días o quizá es la ficción lo que sostiene al mundo y
permite que éste se manifieste en toda su repentina abundancia.
jueves, 28 de junio de 2012
No estás solo
Siento una gran impotencia, a mis veintiséis años, de mis manos apenas agitadas con los puños cerrados, apenas de mi boca llena de consignas, de mis fotografías, de mis imágenes. Sentado, sin moverme, conmovido. Aplaudiendo con lágrimas lo que no puedo celebrar con aplausos. Y el mundo doliendo a tumbos. Mi país doliendo a tumbos. Sus muertes doliendo a tumbos. Y su gente levantando las manos me conmueve. Me conmueve su compromiso, su dignidad, su valor, su congruencia. Me conmueve escuchar una voz, dos voces, diez voces, No estás solo. Esta solidaridad me conmueve. No estás solo. Decirlo es ofrecer la mano abierta, los brazos llenos de amistad. Decirlo es la muestra más grande de fraternidad, de empatía. No estás solo. Estoy contigo. Estamos juntos. Juntos caminamos antes, sólo juntos seguiremos caminando. El camino es un camino solidario, de pertenencia, de orgullo, es un camino comunitario, es fraterno. No estás solo. Pertenecemos. Somos los mismos, somos iguales. De igual a igual, no estás solo. Yo estoy contigo. Te ofrezco mi mano y mi voz. No estás solo. Solo, solamente, nunca nadie alcanzó nada. Solos, solamente, fuimos desaparecidos. Solos, solamente, fuimos explotados. Solos, solamente, fuimos olvidados. No estás solo. Y estamos aquí, sentados, conmovidos, sin poder hacer otra cosa que decirlo. Decirlo aquí y decirlo en todas partes. Y alcanzarle la mano a quien esté a nuestro lado. Eso podemos hacer. Sin pretensiones. No estás solo. Y la impotencia de ver pasar tanto dolor y poder solamente abrir la mano, tomar la mano, cerrar los puños, gritar al aire. Sí, solamente. Y al mismo tiempo suficientemente, solidariamente, insistentemente. No estás solo. Juntos, solamente, caminamos. Juntos, solamente juntos. No estás solo. Tu agravio es mi agravio. Tu dolor es mi dolor. Tú es yo. No estás solo. Juntos exigimos justicia. No estás solo. Pase lo que pase, no estás solo. El compromiso es un acto de amor congruente. Y esta solidaridad me conmueve. El trabajo fraterno me conmueve. El compromiso, la congruencia, la solidaridad, me conmueven. No estás solo. Juntos, no estás solo. Pase lo que pase, no estás solo.
miércoles, 16 de mayo de 2012
Cinco notas a cinco siglos que bien podrían ser un día
1.
La Plaza de la Constitución
resplandece bajo un sol que cae a plomo. El escenario está montado a un
costado. Nosotros, y pienso quizás en nosotros, nuestros otros que somos cuando
estamos juntos, atravesamos el zócalo una y dos veces para unirnos a la fila
bajo el acuciante sol de mediodía. Entramos en el teatro; gradas, escenario y
proscenio. Tomamos nuestros lugares y, una vez a salvo del sol, esperamos.
Esperamos porque esta es una plaza pública y este un escenario trashumante, así
lo ha decidido la compañía, que llevará la construcción de un lugar a otro para
brindar al público obras como este drama histórico que lleva por nombre La
historia de Enrique IV, Rey de Inglaterra, primera parte, escrito a fines del
siglo XVI.
Y ahora comienza, una vez que han cedido las protestas al otro lado de la
plaza. Músicos, actores, contextos. Falstaff y Hal, príncipe y mendigo o
viceversa. Los actores brotan de entre la gente, que es poca en la arena, de
pie o cruzada de piernas. Una taberna y su posadera. Reyes e intrigas
familiares, alianzas, promesas, traiciones. Marry then, sweet wag, when thou art king,
let not us that are squires of the night's body be called thieves of the day's
beauty. Nada parece
repentino. Y esta obra, pero no este escenario, también cruzará el
Atlántico, será actuada a orillas del Támesis por hombres y mujer de voces
potentísimas que han luchado bajo el sol contra motociclistas indómitos y
manifestantes airados.
Yo pienso que esto es imposible, este teatro anclado a un costado de la plaza,
observado por las campanas de la catedral, rodeado de papalotes en manos de
niños y adultos conmovidos bajo un sol terrible. Esta obra que a nadie interesa
salvo a actores y estudiosos, directores quizá y un puñado de gente. Este siglo
tan distante de aquel otro. El más isabelino entre los isabelinos, su voz
repitiéndose aquí, en esta plaza que todo lo olvidará pronto. Y habla,
conmueve, comparte, arranca carcajadas, abre los ojos de quienes miran el
blandir de las espadas, y gritan y se alegran. Qué tiempo es este colmado de
aplausos sudorosos. Yo pienso que esto es imposible.
2.
Obstinado siempre, de pie
frente a la taquilla del teatro, pedí al vendedor dos entradas. Obstinado
porque nunca había asistido a la danza, y porque podría suceder que el teléfono
sonara y sería mejor tener dos entradas cuando yo dijera, Este día el Ballet
Preljocaj se presenta en el Teatro de la Ciudad, nunca he asistido a un
espectáculo de danza, y ella respondiera, Esto es importante, debemos ir
juntos.
Yo no sé si estas cosas realmente han encontrado, en alguna ocasión, el camino
para llegar a suceder. Mi ignorancia en la materia me llevó, como ya he dicho,
a comprar dos entradas en la taquilla del teatro. El teléfono, con toda
seguridad, no sonó. A última hora, y como era de esperarse, todo mundo estaba
ya comprometido para la noche del espectáculo. Y fue entonces, en el último
minuto de la última hora, esa fracción de tiempo en que las cosas saben resolverse
sólo por arte de magia, que una voz al otro lado de la pantalla respondió
bondadosamente.
Llegamos temprano, nos encontramos en un café y conversamos. ¡No tuvimos reparo
al hablar! Bocajarro, bocapiedra, bocalanzallamas, bocaincendio. ¡La bondadosa
voz al otro lado de la pantalla era bondadosa por hablar conmigo con palabras
libres!
Al sonar la hora entramos al teatro. Las luces se apagaron. Una mujer en agonía
dio a luz a una criatura, y la criatura, en un arrebato de fantasía, se
transformó en una hermosa flor. La flor, a su vez, dio paso a la más bella
Blancanieves que los hermanos Grimm jamás imaginaron; alta, mujer, blanca,
asiática, transparente. La historia siguió, como se sabe, a través de bosques,
palacios y minas. Un corazón y una manzana. Cuerpos en movimiento, aun cuerpos
sin vida, en movimiento. Qué fuerza sabe dar vida a los cuerpos sin vida. Qué
promesas guarda la silenciosa danza de los amantes. Yo no tuve valor para
preguntarlo en voz alta. Nagisa Shirai sonreía, sonreía también la bondadosa
voz, sonreíamos todos nosotros.
3.
En lo alto, dice Andrés, el
buen candidato, cuando describe la cúpula de poderosos hombres que, en la
práctica, llevan las riendas de este país. En lo alto, dice con soltura, sabiendo
que es importante decirlo en medio de este debate, aun si se trata de una
metáfora que nada dice por sí misma, suelta, echada al aire como una piedrecita
de formas bellas, pero con dirección lanzada. Y es cierto que hay una altura,
también llamada con otros nombres bloque, grupo, estado, concentración de las
relaciones de explotación y dominio. Importa, porque aquí hay dos minutos para
llamar la atención sobre un conflicto que daría páginas largas para ser
expuesto. Por eso la metáfora importa. En lo alto.
También hay un tiempo distinto al que marcan las manecillas de los relojes, un
tiempo que se agolpa, se tensiona y se distiende socialmente, momentos que
pueden condensar años de la misma manera en que una metáfora puede condensar un
largo argumento. Importa trazar la línea que separa, divide como todas las
líneas, como las fronteras, y uno puede encontrar bemoles, matices aquí y allá,
pero debe escoger su lugar a algún lado si la línea está trazada. Y esto es
importante decirlo. Por eso lo dice Andrés, aun si por decirlo deja de decir,
quizá, otras palabras, que para eso habrá tiempo y buenos y críticos papeles
preparados por hombres críticos y buenos.
En lo alto, dice Andrés, el buen candidato, mientras dibuja pausadamente la línea.
Y acusa, porque es deber acusar cuando la verdad está siendo oculta, aun si al
acusar hace falta hablar con palabras duras y hablar con metáforas poderosas,
con sorna, decididamente, irrevocablemente, intransigentemente. Hablar
sencillamente como ser humano, con voz de hombre, hablar con convicción
mientras se apunta hacia arriba, hacia lo alto.
4.
La amistad de Emilia es la
más leal de las amistades. Por eso vamos juntos a la ópera La mujer sin sombra,
de Richard Strauss, con libreto de Hugo von Hofmannsthal, que es un bello
monumento a la perseverancia, la del público, que tendrá su recompensa, al
igual que la de Barak, en la obra. Apurados tomamos algo antes de entrar al
teatro. Una vez dentro lanzamos una rápida mirada al foso de la orquesta mientras
los músicos se preparan y ocupamos nuestros asientos en una sala vacía a la
mitad.
Hay un halcón rojo y un emperador, una mujer que fue una gacela y un talismán
perdido. Un plazo a cumplir, un reino más allá del nuestro. A cada intermedio
hay gente que va dejando la sala. Dos amantes se buscan, arrepentidos. Un
encuentro de tesituras que llevan la palabra al aire, dándole cuerpo y rostro.
Al terminar la función, el público arroja aplausos y vivas calurosos a los
cantantes, a los músicos, a los coros y a los directores. Nosotros también
aplaudimos, aunque inexpertos.
La mujer sin sombra se estrenó el 10 de octubre de 1919 en Viena, el mismo año
en que asesinaron a Emiliano Zapata y a Rosa Luxemburgo, el mismo año en que
nacieron Doris Lessing y Chavela Vargas; tardó casi cien años en representarse
en la Ciudad de México. Yo estuve ahí, acompañado por Emilia, la más leal de
las amistades.
5.
Yo soy un autor de teatro de texto, respondió Wajdi Mouawad en alguna entrevista. Un autor de palabras escritas para ser representadas. Hace poco, en el Teatro Benito Juárez de la Ciudad de México asistí a la presentación de Bosques, con inmejorable compañía.
La obra narra el recorrido de Lobo en busca de sus orígenes. Ocho mujeres, sus
promesas, sus amores y su dolor, atraviesan el siglo veinte y derraman sobre el
escenario historias de luz y calor humano. Un alma con dolor de muelas,
verdades que no pueden ser dichas si no son reveladas. Un teatro que habla de
lo humano, lleno de virtud, bello, un teatro que habla al corazón del público,
un teatro de temas tan antiguos como el teatro mismo, temas perennes a pesar de
las circunstancias y, al mismo tiempo, un teatro comprometido con su
época. En un pequeño e íntimo escenario los actores atraviesan un
laberinto de historias. La identidad de los personajes es forjada con sus
promesas. Uno sólo puede ser cuando llega a ser uno mismo, y esa certeza, la de
ser uno mismo, la de tener una historia, un compromiso, una razón, es la
certeza por la que luchan los personajes de esta obra, solidarios algunos,
llenos de arrepentimiento otros, o de ira, capaces de gestos de amor y de odio,
para todos ellos estas palabras de agradecimiento.
Wajdi Mouawad nació en
Líbano en 1968. A los diez años partió con su familia rumbo a Francia y cinco
años después llegó a Canadá, país cuya nacionalidad adoptó y donde cursó
estudios de teatro. Bosques (2006) forma parte de su tetralogía La sangre de
las promesas, que conforman Litoral (1999), Incendios (2003) y Cielos (2009).
En México, diversas obras del autor han sido llevadas al escenario gracias al
dedicado empeño de la compañía Tapioca Inn.
viernes, 20 de abril de 2012
La época que compartimos
Hace algún tiempo tuve la idea de regalar, a una querida amiga, una de aquellas viejas fotografías que aún conservo de la época que compartimos hace muchos años. Aunque ahora no puedo recordar con exactitud sobre qué temas giraban nuestras conversaciones, estoy convencido de que ellas dieron forma a mi tardía adolescencia, de ahí que mi recuerdo de esa época haya quedado asociado a los ratos que pasábamos juntos y que, a pesar del tiempo y sus contradicciones, haya conservado, para mí, un cariño infantil y una preocupación latente por ella.
La idea me había parecido buena, a secas. En la fotografía ella aparece mirando a la cámara —que yo sostenía— mientras una mujer de mayor edad la mira a ella. Por su relación con la segunda mujer, sabía que aquella fotografía debía alegrarla a pesar de la distancia que ahora las separaba. Decidido a llevar a cabo la idea tuve que esperar varias semanas antes de volver a encontrarla en una de esas reuniones en las que, ocasionalmente y por tratarse de amistades comunes, coincidimos. Aunque recurrentes, estos encuentros no son, desde hace mucho tiempo, encuentros donde la familiaridad brille por encima de incómodos silencios y una forma de resentimiento mal entendido. De allí había nacido la idea. Quería, a través de la fotografía, hablar con ella, decirle que, a pesar de todo, conservaba, como ya he dicho, ese cariño infantil que el tiempo y las circunstancias no habían borrado. La fotografía era una manera de acercarme a ella sin romper el acuerdo tácito al que habíamos llegado hace tiempo de tratarnos como dos desconocidos que especulan amargamente sobre los defectos del otro, por decir lo menos.
Como era lógico, que me presentara frente a ella con la fotografía debía detonar el razonamiento que llegase a la conclusión de que yo, en algún momento, había recordado aquella época, había, por consiguiente, pensado en el tiempo que compartimos, había recordado la fotografía y había, estúpida o brillantemente, decidido entregársela como una muestra de afecto. Tan impecable era la lógica de este razonamiento que, como era de esperarse, el que yo me presentara frente a ella con la fotografía produjo un resultado enteramente opuesto. Sin decir apenas nada dejé la fotografía en sus manos y me retiré a mi asiento. Pocos segundos después la fotografía comenzó a circular alrededor de la mesa. ¡Nadie parecía percatarse del perfecto razonamiento lógico ni de lo que la fotografía realmente decía o quería realmente decir! Consciente del peligro que implicaba que cualquiera de los allí presentes cayera de pronto en cuenta del perfecto razonamiento fui, poco a poco, hundiéndome en mi lugar hasta desaparecer bajo un terrible estado de malestar general.
Cuando la exhibición hubo terminado todos volvieron a sus conversaciones, a sus cigarrillos, a sus comidas y bebidas. Por el resto de ha noche no crucé palabra con ella. Al despedirnos hubo un intercambio de frases incómodas, cortas y mal elaboradas. Había llevado a cabo mi idea, el acuerdo había quedado intacto. Bastaba con que la fotografía hubiera dicho lo que yo no podía, aun si nadie lo había escuchado.
jueves, 19 de abril de 2012
Habría que decir cada vez menos
Habría que decir cada vez menos,
cada vez un poco menos de las cosas.
Extraviar las palabras que usamos
para contar los días o medir
la dureza de las piedras.
Borrar las matemáticas,
la guerra. Olvidar las proporciones
de la alquimia. Absolver
la transparencia del aire, las corrientes
sempiternas de los mares.
Habría que decir cada vez menos
para desvanecer la sombra.
Desaparecer el cuerpo
en la altura, enterrar la edad,
atravesarla de distancia.
Habría que exiliar el verbo,
soltar la gavia del lenguaje
en la tormenta. Decir cada vez menos
para sofocar el eco que regresa,
regresa. Habría que decir
cada vez menos, cada vez,
hasta que sólo quede el nombre,
y con el nombre de las cosas la voz
desaparezca.
sábado, 31 de marzo de 2012
Como postre
Hace poco —quienes me conozcan sabrán la enorme alegría que esto me causó—, en el pequeño comedor al que religiosamente asisto desde hace tres semanas, y a falta del terrible flan que a diario allí ofrecen, la mesera decidió brindarme, al terminar la comida, un plato de jícama picada como postre.
viernes, 2 de marzo de 2012
Entonces debía estar leyendo
Los mismos minutos, las mismas estaciones. Fue entonces, en el tramo entre Álvaro Obregón e Insurgentes, o Chilpancingo, o Sonora. Leía, porque ahora leo y entonces debía estar leyendo, un libro de letras diminutas, que hablaba sobre inválidos mayores y sin esperanza. Leía las primeras páginas, lo que siempre ha sido, des`e que leo, porque ahora leo y entonces debía estar leyendo, una imagen terrible y un tanto ridícula, tomar asiento y abrir el libro en la primera página, debería tomar precauciones, la carcajada acechante de los pasajeros, abrir el libro por el comienzo, como si el tiempo aquí fuera eterno, uno de esos libros largos, interminables, que incluso bajo las mejores circunstancias dejamos a medio leer, cansada la vista, sin atrevernos a tomarlo de nuevo por temor a haber olvidado los nombres y los lugares, irremediablemente indispuestos a volver al inicio del relato. El libro hablaba sobre inválidos mayores y sin esperanza, y he visto la palabra esperanza desprenderse de la boca de alguien, como si estuviera leyéndola en la página de un libro donde pasara desapercibida, porque ahora leo y entonces debía estar leyendo, pero la palabra esperanza me recordó otra imagen y perdí la trama. Deben haber entrado en Sonora, o después, no me di cuenta porque estaba leyendo o pensando en la palabra esperanza. Ella se percató de que estaban ahí, los viejos, a paso cansado, abriéndose camino entre la puerta y los asientos. Siempre es mejor tener alguna excusa para no alzar la vista, el libro por ejemplo, la trama y yo debía estar leyendo, porque ahora leo, o pensando en la palabra esperanza porque no levanté la vista, pero ella debió verlos avanzar, tomados del brazo, ayudándose a no tropezar. Una pareja de viejos intachables, el bigote arreglado, la espalda corva, el pelo cano, las arrugas de la vieja acercándose lentamente, la sonrisa dócil, los ojos claros. Yo sentado a su lado sin darme cuenta de nada hasta verla levantarse cediéndole el lugar a la vieja. Se esfumó la trama o la palabra esperanza y tuve que cerrar el libro, porque ahora leo y entonces debía estar leyendo, y levantarme del asiento para cederle el lugar al viejo. Tomaron nuestros lugares, la vieja el lugar suyo, el viejo el lugar mío. Quedaron los dos inmóviles. Entonces la vieja boca besó la boca del viejo y mi mano, extendida, encontró su mano tibia. Quisiera decir que el libro cayó, agitando entre las páginas la palabra esperanza, porque ahora leo y entonces debía estar leyendo, el libro en mi mano, los viejos sentados, pasó un segundo y las manos se soltaron o imagino que se soltaron porque el libro seguía estando en mi mano. No miró atrás al bajar. Tomé un asiento fuera de la vista de los viejos, abrí el libro otra vez por el comienzo, porque ahora leo y entonces debía estar leyendo.
domingo, 12 de febrero de 2012
Philipinne Bausch
La carpa ha
sido ya colocada, protege de la lluvia los asientos que, vacíos aún, miran
expectantes la pantalla. Más allá hay asientos que no han corrido con la suerte
de tener un techo, lance para quien decida esperar en la fila que nace a mitad
de la calle. La pantalla cuenta también con una lona blanca, pues no es
costumbre dejar a la intemperie los bienes que permiten reunir, una noche de
febrero, a tanta gente aquí, con el solo fin de ver proyectada una cinta
documental sobre una mujer, alemana por lo que se sabe, bailarina y coreógrafa,
cuya trayectoria dejó una huella importante en el arte de la danza. Philippine Bausch, esto lo sabremos después, una vez terminada la función, el nombre de su
adoptiva Wuppertal y el milagroso Shwebebahn que la atraviesa. Para saberlo hay
que llegar temprano, hacer el viaje en metro hasta el centro de la ciudad,
comprar las golosinas, necesarias siempre en este tipo de ocasiones, conversar,
fumar un poco, soportar el frío y las presentaciones que todo evento de esta
naturaleza conlleva. Finalmente uno puede tomar asiento, respirar profundo y
acometer la empresa. Si en algún momento de la función, por un instante, mínimo
siquiera, fracción indivisible de un segundo, el corazón falla en esta orilla
del mundo que es el espacio que nos separa, si las manos tiemblan, ya no de
frío, fuera de la trama, si encontramos repentinamente un temor que creíamos
perdido, será la noche más clara, entonces diremos palabras simples tratando de
decir lo que las manos no pueden, no será ya necesaria la pequeña
felicidad que nos ha traído un arte que lleva el apelativo de contemporáneo.
lunes, 23 de enero de 2012
Kubla Khan
Coleridge escribió de Xanadú, de una sima profunda y de la sombra, de la mujer que cantaba acerca del Monte Abora. Escribió queriendo recordar la voz del sueño. Era la voz de Kubla Khan, contestas, que había atravesado la puerta, como un pájaro que lleva una flor entre los dientes. Y observas que las aves no tienen dientes, pero no hay ave ni flor, sólo la puerta. Xanadú no aparece, ni la piel de la mujer en la arena. El sol detenido en el cielo. Se ha detenido siempre, observas, pero no puedes decir nada. El poema, la canción, la fortaleza. Nada. Ni siquiera la palabra alegría. Nada para estar cerca, nada más allá de la guerra que separa los valles y los ríos, nada más allá del miedo a abrir los ojos y estar lejos.
miércoles, 30 de noviembre de 2011
Iba a terminar noviembre
Iba
a terminar noviembre y no había soñado. Iba a terminar noviembre y a punto
estaba cuando soñé dos veces. La primera, sentado en el sillón que de tan bajo que es no hemos atinado a comprar una mesa para hacerle compañía.
Estaba sentado, decía, con el peso del mundo en las piernas, hosco, la ventana
del balcón abierta, entonces soñé con abrir la boca, tan grande, que pudiera
decir Ven conmigo. No abrí la boca, no tendría caso. Escribí en cambio
un poco, como una burla para mí mismo, y el esfuerzo no hizo daño a nadie. La segunda vez
estaba dormido y en el sueño parecía feliz. Todo era ruinas, paredes, techos,
blancura que llegaba junto a la tarde. Soñé. Era feliz de ver a una mujer
quedarse, en blanco y negro, como la fotografía.
lunes, 24 de octubre de 2011
Correr
Salí
a correr y era de noche. Más noche que antes, cuando también corría, esperando
y sin decir palabra. Entonces me dolían las piernas, las rodillas, y paraba. A
esa hora empezaba a amanecer, pero no hacía tanto frío como ahora. Corría
esperando mientras empezaba a amanecer. Hoy salí a correr y era de noche. No
estaba solo. Y la noche se sostuvo a lo largo del camino. Hoy corrí hacia la
noche, sin pensar que nada estaba esperando. Hacia dónde corremos, qué dirección
llevamos. Todos vamos caminando, pero correr es también ir de prisa. Hacia qué
parte andamos tan rápidamente. Entonces corría esperando, con tanta prisa. Hoy
salí a correr. Era de noche. Seguí corriendo hacia la nada.
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